El teatro y lo lúdico como
herramientas para mejorar la comunicación
LUIS RICARDO
ASENCIO]
Desde la
década del setenta he estado trabajando bajo
la dirección de grandes maestros que me han enseñado
distintas técnicas de expresión verbal y no verbal:
el manejo del cuerpo, cómo educar mi voz, equilibrio
escénico, ritmo y muchas otras cosas que han ido forjando
en mí este amor tan intenso que siento por el teatro.
Tanto que he dejado de lado otras pasiones para abrazar
ésta, que es la que llevo en mi sangre.
A lo largo de los años, he descubierto que el teatro no
debe considerarse únicamente como una actividad artística
para ser representada. A través de todo este tiempo,
y paradójicamente, gracias a la enseñanza de mis
alumnos, he podido observar que el teatro sirve también
como actividad que permite descubrir las distintas
herramientas con las que contamos para analizar cómo
nos comunicamos.
Por esta misma razón, es decir, por el hecho de haber estado
trabajando durante más de treinta años en la práctica
del teatro, es que he sido convocado a participar
como docente en algunas cátedras de nivel universitario
y terciario para intentar transmitir a los alumnos algunas
de las técnicas utilizadas en actuación y que se han
ido transformando lentamente en técnicas de aprendizaje
en favor de la comunicación. Y lo más sorprendente
de todo es que tanto en una como en otra actividad,
mis alumnos me han enseñado mucho más de lo esperado.
Y no es que buscara aprender de ellos, sino que en
realidad mi función era transferirles mis experiencias y
que juntos buscáramos de qué forma les resultaría útil
para la carrera elegida, pero inevitablemente se producía
esa famosa retroalimentación y lo que ellos volcaban
en las clases era para mí sorprendente por cuanto no
siendo alumnos de teatro trabajaban técnicas similares
pero con objetivos totalmente distintos: ellos no querían
en ningún momento ser observados, no hacían algo para
que el público los aplaudiera, no dejaban de ser ellos
mismos durante sus tareas, no interpretaban personajes
nunca.
Entonces, ¿Qué era lo que podía encontrar como punto
de contacto entre mis alumnos de teatro y aquellos
que sólo recibían de mí alguna de esas técnicas teatrales
para volcarlas a su aprendizaje? ¿Cuál era la magia?
La magia era muy simple: tanto mis alumnos de teatro
como mis alumnos de oratoria, relaciones interpersonales,
etc. buscaban, hurgaban, investigaban acerca de las
formas y mecanismos para intentar llegar al otro, para
persuadirlo, es decir, encontrar una comunicación eficaz,
efectiva, creíble.
Sin embargo había algo que me tenía intranquilo y me
obligaba a encontrar cómo trabajar esta forma de comunicación
con algunos alumnos a quienes les resultaba
sumamente difícil, y en algunos casos aislados hasta el
límite de lo imposible, no sólo hablar delante de otra
persona sino que se lo vea, se lo mire, se lo observe, para
aportarle críticas a su labor y poder así mejorarla. Este
grupo de alumnos, tanto en teatro como en las distintas
materias que dictaba, estaba compuesto por los que a sí
mismos se llamaban o denominaban tímidos, los que se
inhibían ante la presencia de otro.
¿Cómo lograr que se suelten, que pierdan ese temor a
la exposición? ¿Qué herramientas brindarles para ello?
Era obvio que podía guiarlos pues las herramientas estaban
en ellos mismos, no era necesario fabricar nada,
la materia prima estaba presente y sólo era cuestión de
enseñarles a moldearla.
En definitiva, fueron los alumnos quienes dieron respuesta
a mis inquietudes, gracias a ellos pude definir,
pude darme cuenta que hay actividades relacionadas a
la disciplina teatral que terminan de dar forma a la base
de la comunicación, que no alcanzaba con un taller de
actuación aunque el mismo fuera dividido en distintos
niveles. Hacía falta todo lo que el alumno necesitaba
como herramienta de apoyo a su tarea interpretativa.
Pero me enfrentaba a la vez a un gran desafío, y era que
para darles esos conocimientos debía instrumentar
mecanismos que lograran que el alumno se desinhiba.
Si hiciéramos un paralelo con el ámbito teatral, podríamos
decir que yo sé maquillarme para salir a escena,
pero carezco de los fundamentos teóricos para enseñarle
a otro actor cómo debe hacerlo; que mi formación como
arquitecto siempre me resultó útil al momento de diseñar
alguna escenografía, pero sucedía lo mismo: escenografía
es algo más que un espacio y un decorado. Y así
podría comentar iguales discernimientos respecto a la
educación de la voz, la danza, el canto, el vestuario, etc.
Por lo tanto decidí ponerme a investigar acerca de cómo
mejorar las técnicas teatrales para llevarlas al espacio
áulico y trabajar con alumnos de diversas carreras en las
que la comunicación es algo imprescindible, ya sea, en
la licenciatura en Relaciones Públicas, en Organización
de Eventos, etc.
Y es aquí donde surge otro interrogante que desde hacía
tiempo me venía planteando: ¿cómo sabe el alumno lo
que necesita en el proceso de comunicación? ¿Cuáles
son los mecanismos que se establecen entre orador y
audiencia en ese período de tiempo en el que trabajan,
elaboran, producen, comparten y debaten acerca de una
presentación profesional?
Así entendí que era sumamente necesario entonces, que
también mis alumnos tuvieran una actividad en la cual
pudieran descubrir la relación dialéctica que se da entre
dicente y oyente durante el proceso creativo de la
comunicación en el ámbito profesional. Por esta razón,
la propuesta pedagógica incluye una serie de actividades
que paso a detallar, es decir, planteo, entonces, una
estructura de trabajo en base a la participación activa
que permite que la formación del alumno sea lo más
amplia y completa posible brindándole una base sólida
para entender, comprender y aprender las herramientas
mínimas y elementales de una buena comunicación.
En una primera instancia, puede partirse de la aceptación
que toda actividad áulica debe permitir lo lúdico
para que, progresiva y gradualmente, el alumno acepte
incorporar las técnicas, metodologías y herramientas
necesarias. Si a un alumno inhibido, tímido, introvertido
se lo expone a prácticas de este tipo sin el “precalentamiento”
oportuno, lo más probable es que nunca
llegue a soltarse, sino que por el contrario, se cierre aún
más a cualquier tipo de entrenamiento oratorio.
Algo que trato de dejar en claro con mis alumnos es
que entiendan que la oratoria y las prácticas oratorias,
pueden compararse sin duda alguna a un entrenamiento
deportivo; y para ello incluyo en mis presentaciones
el típico ejemplo del jugador de fútbol: ningún jugador
aprendió a pegarle a la pelota en un curso por correspondencia;
tuvo que entrenarse para ello. Y al orador le
sucede exactamente lo mismo. No basta con tener una
buena voz, con tener buena dicción, con ser desinhibido.
A todo ello hay que sumarle práctica, entrenamiento;
el alumno debe saber qué se siente al estar frente a
una audiencia, al tener que elaborar un discurso y ser a
la vez persuasivo, saber cómo captar la atención, equilibrar
lo verbal y lo no verbal, y comprender mediante la
misma práctica que uno de los más exquisitos recursos
que tiene un orador es el buen uso de los silencios y las
pausas. Paradójico, ¿no? Pero es absolutamente cierto:
el buen manejo de las pausas le da al orador la posibilidad
de aclarar su discurso, de percibir a la audiencia
y darse cuenta si es que está siendo comprendido en su
totalidad, le permite “leer” a la audiencia.
Son muchos y muy variados los ejercicios que se pueden
desarrollar en el aula para “entrenar” al alumno.
Pero mencionaré sólo uno, tal vez el más sencillo y que
trata de demostrar al alumno qué hacer al momento de
eliminar el movimiento de sus manos y tener que recurrir
sólo a lo verbal. (N. del R.: este ejercicio apunta
ciertamente a mejorar la capacidad de expresión oral y
ejercitar el vocabulario, ya que también he comprobado,
al igual que muchos colegas, que en general la falta
de vocabulario en el alumno universitario, es en verdad
algo llamativo y preocupante)
El ejercicio en sí es muy sencillo: se dibujan en una
hoja dos o tres elementos geométricos (por ejemplo, un
triángulo, un círculo, una cruz) y un alumno debe dirigirse
a sus compañeros, quienes papel y lápiz en mano,
deben “fotocopiar” lo que su compañero/a tiene en su
hoja. Quien juega el rol de emisor, podrá hacer uso del
vocabulario que quiera y/o necesite (esto debe quedar
absolutamente en claro para que el ejercicio logre su
objetivo), es decir, podrá utilizar las palabras que crea
convenientes para indicarles a sus compañeros/as qué
dibujar y cómo dibujarlo; pero ellos, deben hacer un dibujo
exactamente igual al de la hoja en cuestión. Y otros
detalles importantes a tener en cuenta: el orador no
podrá hacer uso de su expresión no verbal, sus manos
deberán permanecer aferradas a la hoja todo el tiempo;
y la audiencia no puede preguntar absolutamente nada;
el orador debe darse cuenta de lo que el otro necesita al
momento de transmitir un mensaje. Los resultados son
sorprendentes; mis alumnos pueden dar fe de ello.
la dirección de grandes maestros que me han enseñado
distintas técnicas de expresión verbal y no verbal:
el manejo del cuerpo, cómo educar mi voz, equilibrio
escénico, ritmo y muchas otras cosas que han ido forjando
en mí este amor tan intenso que siento por el teatro.
Tanto que he dejado de lado otras pasiones para abrazar
ésta, que es la que llevo en mi sangre.
A lo largo de los años, he descubierto que el teatro no
debe considerarse únicamente como una actividad artística
para ser representada. A través de todo este tiempo,
y paradójicamente, gracias a la enseñanza de mis
alumnos, he podido observar que el teatro sirve también
como actividad que permite descubrir las distintas
herramientas con las que contamos para analizar cómo
nos comunicamos.
Por esta misma razón, es decir, por el hecho de haber estado
trabajando durante más de treinta años en la práctica
del teatro, es que he sido convocado a participar
como docente en algunas cátedras de nivel universitario
y terciario para intentar transmitir a los alumnos algunas
de las técnicas utilizadas en actuación y que se han
ido transformando lentamente en técnicas de aprendizaje
en favor de la comunicación. Y lo más sorprendente
de todo es que tanto en una como en otra actividad,
mis alumnos me han enseñado mucho más de lo esperado.
Y no es que buscara aprender de ellos, sino que en
realidad mi función era transferirles mis experiencias y
que juntos buscáramos de qué forma les resultaría útil
para la carrera elegida, pero inevitablemente se producía
esa famosa retroalimentación y lo que ellos volcaban
en las clases era para mí sorprendente por cuanto no
siendo alumnos de teatro trabajaban técnicas similares
pero con objetivos totalmente distintos: ellos no querían
en ningún momento ser observados, no hacían algo para
que el público los aplaudiera, no dejaban de ser ellos
mismos durante sus tareas, no interpretaban personajes
nunca.
Entonces, ¿Qué era lo que podía encontrar como punto
de contacto entre mis alumnos de teatro y aquellos
que sólo recibían de mí alguna de esas técnicas teatrales
para volcarlas a su aprendizaje? ¿Cuál era la magia?
La magia era muy simple: tanto mis alumnos de teatro
como mis alumnos de oratoria, relaciones interpersonales,
etc. buscaban, hurgaban, investigaban acerca de las
formas y mecanismos para intentar llegar al otro, para
persuadirlo, es decir, encontrar una comunicación eficaz,
efectiva, creíble.
Sin embargo había algo que me tenía intranquilo y me
obligaba a encontrar cómo trabajar esta forma de comunicación
con algunos alumnos a quienes les resultaba
sumamente difícil, y en algunos casos aislados hasta el
límite de lo imposible, no sólo hablar delante de otra
persona sino que se lo vea, se lo mire, se lo observe, para
aportarle críticas a su labor y poder así mejorarla. Este
grupo de alumnos, tanto en teatro como en las distintas
materias que dictaba, estaba compuesto por los que a sí
mismos se llamaban o denominaban tímidos, los que se
inhibían ante la presencia de otro.
¿Cómo lograr que se suelten, que pierdan ese temor a
la exposición? ¿Qué herramientas brindarles para ello?
Era obvio que podía guiarlos pues las herramientas estaban
en ellos mismos, no era necesario fabricar nada,
la materia prima estaba presente y sólo era cuestión de
enseñarles a moldearla.
En definitiva, fueron los alumnos quienes dieron respuesta
a mis inquietudes, gracias a ellos pude definir,
pude darme cuenta que hay actividades relacionadas a
la disciplina teatral que terminan de dar forma a la base
de la comunicación, que no alcanzaba con un taller de
actuación aunque el mismo fuera dividido en distintos
niveles. Hacía falta todo lo que el alumno necesitaba
como herramienta de apoyo a su tarea interpretativa.
Pero me enfrentaba a la vez a un gran desafío, y era que
para darles esos conocimientos debía instrumentar
mecanismos que lograran que el alumno se desinhiba.
Si hiciéramos un paralelo con el ámbito teatral, podríamos
decir que yo sé maquillarme para salir a escena,
pero carezco de los fundamentos teóricos para enseñarle
a otro actor cómo debe hacerlo; que mi formación como
arquitecto siempre me resultó útil al momento de diseñar
alguna escenografía, pero sucedía lo mismo: escenografía
es algo más que un espacio y un decorado. Y así
podría comentar iguales discernimientos respecto a la
educación de la voz, la danza, el canto, el vestuario, etc.
Por lo tanto decidí ponerme a investigar acerca de cómo
mejorar las técnicas teatrales para llevarlas al espacio
áulico y trabajar con alumnos de diversas carreras en las
que la comunicación es algo imprescindible, ya sea, en
la licenciatura en Relaciones Públicas, en Organización
de Eventos, etc.
Y es aquí donde surge otro interrogante que desde hacía
tiempo me venía planteando: ¿cómo sabe el alumno lo
que necesita en el proceso de comunicación? ¿Cuáles
son los mecanismos que se establecen entre orador y
audiencia en ese período de tiempo en el que trabajan,
elaboran, producen, comparten y debaten acerca de una
presentación profesional?
Así entendí que era sumamente necesario entonces, que
también mis alumnos tuvieran una actividad en la cual
pudieran descubrir la relación dialéctica que se da entre
dicente y oyente durante el proceso creativo de la
comunicación en el ámbito profesional. Por esta razón,
la propuesta pedagógica incluye una serie de actividades
que paso a detallar, es decir, planteo, entonces, una
estructura de trabajo en base a la participación activa
que permite que la formación del alumno sea lo más
amplia y completa posible brindándole una base sólida
para entender, comprender y aprender las herramientas
mínimas y elementales de una buena comunicación.
En una primera instancia, puede partirse de la aceptación
que toda actividad áulica debe permitir lo lúdico
para que, progresiva y gradualmente, el alumno acepte
incorporar las técnicas, metodologías y herramientas
necesarias. Si a un alumno inhibido, tímido, introvertido
se lo expone a prácticas de este tipo sin el “precalentamiento”
oportuno, lo más probable es que nunca
llegue a soltarse, sino que por el contrario, se cierre aún
más a cualquier tipo de entrenamiento oratorio.
Algo que trato de dejar en claro con mis alumnos es
que entiendan que la oratoria y las prácticas oratorias,
pueden compararse sin duda alguna a un entrenamiento
deportivo; y para ello incluyo en mis presentaciones
el típico ejemplo del jugador de fútbol: ningún jugador
aprendió a pegarle a la pelota en un curso por correspondencia;
tuvo que entrenarse para ello. Y al orador le
sucede exactamente lo mismo. No basta con tener una
buena voz, con tener buena dicción, con ser desinhibido.
A todo ello hay que sumarle práctica, entrenamiento;
el alumno debe saber qué se siente al estar frente a
una audiencia, al tener que elaborar un discurso y ser a
la vez persuasivo, saber cómo captar la atención, equilibrar
lo verbal y lo no verbal, y comprender mediante la
misma práctica que uno de los más exquisitos recursos
que tiene un orador es el buen uso de los silencios y las
pausas. Paradójico, ¿no? Pero es absolutamente cierto:
el buen manejo de las pausas le da al orador la posibilidad
de aclarar su discurso, de percibir a la audiencia
y darse cuenta si es que está siendo comprendido en su
totalidad, le permite “leer” a la audiencia.
Son muchos y muy variados los ejercicios que se pueden
desarrollar en el aula para “entrenar” al alumno.
Pero mencionaré sólo uno, tal vez el más sencillo y que
trata de demostrar al alumno qué hacer al momento de
eliminar el movimiento de sus manos y tener que recurrir
sólo a lo verbal. (N. del R.: este ejercicio apunta
ciertamente a mejorar la capacidad de expresión oral y
ejercitar el vocabulario, ya que también he comprobado,
al igual que muchos colegas, que en general la falta
de vocabulario en el alumno universitario, es en verdad
algo llamativo y preocupante)
El ejercicio en sí es muy sencillo: se dibujan en una
hoja dos o tres elementos geométricos (por ejemplo, un
triángulo, un círculo, una cruz) y un alumno debe dirigirse
a sus compañeros, quienes papel y lápiz en mano,
deben “fotocopiar” lo que su compañero/a tiene en su
hoja. Quien juega el rol de emisor, podrá hacer uso del
vocabulario que quiera y/o necesite (esto debe quedar
absolutamente en claro para que el ejercicio logre su
objetivo), es decir, podrá utilizar las palabras que crea
convenientes para indicarles a sus compañeros/as qué
dibujar y cómo dibujarlo; pero ellos, deben hacer un dibujo
exactamente igual al de la hoja en cuestión. Y otros
detalles importantes a tener en cuenta: el orador no
podrá hacer uso de su expresión no verbal, sus manos
deberán permanecer aferradas a la hoja todo el tiempo;
y la audiencia no puede preguntar absolutamente nada;
el orador debe darse cuenta de lo que el otro necesita al
momento de transmitir un mensaje. Los resultados son
sorprendentes; mis alumnos pueden dar fe de ello.
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